
Tener foco es saber qué quieres hacer, ponerte con ello y conseguir que, durante un rato, el resto del mundo te importe un pimiento. No es volar ni lanzar rayos X, pero puede ser el superpoder del futuro. Si no lo crees, mira a tu alrededor.
Esta mañana tenías una cosa clara: hoy ibas a ponerte de una vez con eso que llevas varios días aplazando y que te haría feliz.
Pero antes has enviado un mensaje. Ya que tenías el móvil en la mano, has respondido otro. Después te has acordado de algo que debías comprar, ha surgido un problema en casa y has abierto el navegador para consultar una cosa importante.
No recuerdas muy bien cómo, pero has terminado viendo un vídeo de una foca bailando porque le han dado un pez.
Entre unas cosas y otras, el día se ha ido llenando. Y eso que querías hacer -ese objetivo que te haría ilusión sacar adelante- sigue exactamente donde estaba.
No has estado tumbado en el sofá mirando al techo. Al contrario: no has parado. Has contestado, buscado, resuelto, recogido y atendido pequeños asuntos.
Has hecho muchas cosas, pero no la que te habías propuesto.
Si te ocurre, bienvenido. No eres un desastre ni te falta capacidad. Eres un ser humano como los demás.
Pero tienes un problema con el foco.
Y no eres el único.
Entonces, ¿Qué es tener foco?
Tener foco no significa pasar ocho horas delante del ordenador sin levantar la cabeza. Tampoco consiste en ignorar a tus hijos, no hablar con nadie o mudarte a una casa silenciosa en mitad de la montaña.
Eso puede apetecer algún día, no voy a negarlo, pero no parece un plan demasiado realista.
Para Focoductividad, tener foco es:
Elegir qué merece tu atención, ponerte con ello y mantenerte ahí el tiempo suficiente para avanzar.
Parece sencillo. Y lo es.
Lo difícil es hacerlo.
Primero hay que elegir. Si todo es importante, nada lo es de verdad. Puedes tener quince tareas pendientes, pero en algún momento tendrás que decidir cuál va primero. La importante, la que te hace avanzar. No tu preferida.
Después hay que empezar. Somos capaces de dedicar media hora a preparar las condiciones perfectas para una tarea que solo necesita veinte minutos. Ordenamos la mesa, nos hacemos un café, vamos al baño, buscamos un vídeo para organizarnos mejor y, cuando todo está listo, resulta que ya casi es la hora de comer.
Y una vez que empezamos, toca permanecer.
Ahí aparece el móvil, una idea más apetecible o esa aspiradora que, de repente, es urgentísimo pasar. Qué casualidad: siempre nos entran ganas de limpiar justo cuando tenemos que hacer algo incómodo.
Elegir, empezar y permanecer.
Eso es el foco: si digo que me pongo, soy capaz de cumplir conmigo mismo.
¿Por qué estamos convencidos de que es un superpoder?
No porque tenga nada de mágico ni porque vaya a convertirte en una máquina capaz de hacerlo todo.
Vivimos en un entorno empeñado en que miremos, pulsemos, respondamos, compremos, opinemos y volvamos a mirar. Empresas, marcas, medios, plataformas y personas compiten cada día por entrar en nuestra cabeza.
Y lo consiguen muchas más veces de las que queremos reconocer.
Por eso, quien aprende a decidir dónde coloca su atención y consigue mantenerla allí tiene una ventaja enorme.
Mientras unos saltan de una cosa a otra, esa persona avanza. Mientras unos empiezan cinco tareas, ella termina una. Mientras unos esperan a encontrar el momento perfecto, ella aprovecha el rato que tiene.
El foco no crea más horas ni hace desaparecer tus obligaciones. Lo que consigue es que una parte de tu tiempo no se escape atendiendo siempre lo último que ha aparecido o en cosas banales y triviales que solo te entretienen.
Quizá llevas meses queriendo hacer ejercicio, preparar una oposición, leer más, recuperar una afición o sacar adelante un proyecto personal. No necesitas encontrar una tarde completamente libre para comenzar. A veces basta con proteger veinte minutos y utilizarlos bien.
Veinte minutos no terminan un proyecto.
Pero pueden sacarlo del lugar en el que lleva meses parado.
El foco se entrena, pero nadie puede entrenarlo por ti
A veces hablamos de nuestra falta de concentración como si viniera instalada de fábrica:
Yo soy muy disperso.... No tengo fuerza de voluntad.... Mi cabeza funciona así....
Puede que ahora te cueste concentrarte. Eso no significa que tenga que ser así siempre.
El foco es una habilidad y, como cualquier habilidad, se puede entrenar. No necesitas meditar una hora, borrar todas las aplicaciones del móvil ni levantarte a las cinco de la mañana.
Puedes comenzar eligiendo una sola cosa que llevas varios días posponiendo.
No pienses en todo lo necesario para terminarla. Decide únicamente cuál es el siguiente paso, aparta una distracción previsible y dedícale veinte minutos.
Es probable que en ese rato te distraigas. No pasa nada. Entrenar el foco no consiste en no desviarse nunca, sino en darse cuenta y volver al tajo antes de terminar en la otra punta de internet viendo cómo se fabrican las pelotas de tenis.
Las herramientas pueden ayudarte. También puedes organizar mejor tu entorno y aprender estrategias para ponértelo más fácil. De todo eso hablaremos en Focoductividad.
Pero nadie puede dar el paso por ti.
Puedes ser el rey de España, la persona más rica del mundo o cualquiera de nosotros: al reloj le da exactamente igual. Cuando termina el día, han pasado 24 horas para todos. Cada uno tendrá obligaciones y circunstancias diferentes, pero la clave está en cómo repartimos y aprovechamos el tiempo que sí podemos decidir. Si hoy solo tienes veinte minutos, protege esos veinte minutos. Son tuyos. Decide si se los entregas a cualquier distracción o los utilizas para avanzar.
Empieza por ahí.
Elige algo importante. Ponte con ello. Si te distraes, vuelve. Y mañana, repite. Y pasado mañana repite. Y la semana que viene, repite.
Ese es el superpoder del foco.
Está a tu alcance, depende en buena parte de ti y mejora cada vez que cumples contigo mismo.
Vamos a entrenarlo.


