Desde muy joven he sentido interés por organizarme y aprovechar mejor el tiempo. Mi primera agenda llegó a mis manos aproximadamente a los 13 años.
No sabía nada sobre gestión del tiempo, pero ya intuía algo:
Organizar mis días me daba una sensación extraña de control y claridad.
Desde entonces la planificación, la organización y la búsqueda de formas de trabajar mejor han formado parte de mi vida y de mi desarrollo.
Con el tiempo obtuve la licenciatura en Biología, una ciencia que me apasiona y que reforzó mi forma de entender el mundo: observar, analizar y buscar causas en lugar de excusas.
Estudiar sistemas complejos me enseñó algo importante:
el comportamiento también sigue patrones. Y la atención no es una excepción.
Pero hubo algo que hizo que mi interés por estos temas adquiriera otra dimensión: ser padre.
Ver crecer a mis hijos me hizo observar con otros ojos el entorno en el que están creciendo las nuevas generaciones. Un mundo extraordinario y lleno de oportunidades, pero también muy distinto de aquel en el que crecimos nosotros.
Al convertirme en padre empecé a fijarme en algo que antes me pasaba más desapercibido: la atención de nuestros hijos se disputa desde edades cada vez más tempranas. Y no solo cuando empiezan a usar un móvil o entran en las redes sociales.
Muchos contenidos dirigidos específicamente a los más pequeños también han cambiado su ritmo. Planos muy breves, colores intensos, movimientos constantes, sonidos, canciones, cambios rápidos de escena y estímulos encadenados buscan mantener sus ojos pegados a la pantalla y evitar que aparezca un solo momento de pausa.
No todo el contenido infantil es igual ni toda pantalla es perjudicial. Pero cuando un niño se acostumbra a recibir novedades continuamente, las actividades con un ritmo más lento pueden tener difícil competir por su atención:
- Leer un cuento.
- Construir algo.
- Dibujar.
- Escuchar una explicación.
- Practicar una habilidad.
- Jugar sin una sucesión permanente de estímulos.
- O simplemente aburrirse un rato y descubrir qué hacer con ese silencio.
Esto me hizo preguntarme si, además de enseñarles conocimientos, normas o buenos modales, también deberíamos enseñarles a cuidar su atención.
Porque quizá una de las habilidades más valiosas que podamos ayudarles a desarrollar sea precisamente esa: aprender a permanecer en aquello que han elegido hacer, incluso cuando no hay luces, sonidos ni recompensas inmediatas intentando retenerlos.
Preguntas que no me dejaban tranquilo
Como padre empecé a hacerme preguntas:
- ¿Cómo podemos ayudarles a concentrarse?
- ¿Cómo enseñarles a utilizar la tecnología sin que otros decidan permanentemente dónde ponen su atención?
- ¿Cómo ayudarles a desenvolverse en un mundo lleno de estímulos sin tener que aislarlos de él?
- ¿Cómo ayudarles a desarrollar buenos hábitos?
- ¿Cómo conseguir que puedan sentarse a estudiar, leer, practicar un deporte, aprender algo nuevo o perseguir una meta sin necesitar continuamente un estímulo nuevo?
Y, sobre todo: ¿qué ventaja tendrán en el futuro aquellos niños y jóvenes que aprendan a dirigir su propia atención?
De ahí nace Focoductividad
No porque yo tenga todas las respuestas. Sino porque quiero buscarlas, estudiarlas, ponerlas en práctica y compartir aquello que pueda resultar útil. Para nosotros como adultos. Para nuestros hijos. Y para cualquiera que quiera recuperar algo cada vez más valioso: la capacidad de decidir dónde pone su atención.
Eso es para mí el Superpoder del Foco. No desde la perfección. Desde la práctica. Desde la curiosidad. Y desde la convicción de que el foco es una habilidad que podemos entrenar.

