
Los agujeros negros del tiempo
Hay cosas que entran en tu día para ocupar cinco minutos y salen dos horas después. No sabes muy bien qué has hecho durante ese tiempo, pero sí sabes qué no has hecho: eso que era importante para ti.
Esta tarde ibas a escribir un par de páginas de tu libro, estudiar el tema 3 de inglés, salir a correr o avanzar en ese proyecto que tienes en marcha.
No necesitabas terminarlo. Solo querías dedicarle un rato.
Pero antes has mirado una notificación. Ya que estabas, has contestado un mensaje y has entrado un momento en una red social. De ahí has saltado a otra aplicación, después a un vídeo y luego a una noticia que tampoco te interesaba demasiado.
Cuando has levantado la cabeza, había pasado casi una hora.
Entonces te has acordado de que faltaba queso para la cena. Has bajado a comprarlo, has puesto una lavadora, te han llamado por teléfono y, al volver, has aprovechado para recoger un poco la cocina.
A las nueve de la noche no has parado de hacer cosas.
Pero las dos páginas siguen sin escribir.
Y el inglés, el entrenamiento o ese proyecto importante tendrán que esperar hasta mañana.
Otra vez.
Algo se está tragando tu tiempo
Un agujero negro atrae todo lo que se acerca y no deja escapar ni siquiera la luz.
En Focoductividad llamamos agujeros negros del tiempo a esas actividades, hábitos y distracciones que se van tragando nuestros minutos sin que apenas nos demos cuenta y sin aportarnos nada a cambio.
Entras para un momento y sales mucho después. Consumen más tiempo del que querías dedicarles y, además, desplazan otras cosas que sí eran importantes para ti.
El móvil es probablemente el agujero negro por excelencia de nuestro tiempo. No hace falta pasar cuatro horas seguidas mirando la misma aplicación. El tiempo también desaparece cuando consultas una notificación, saltas a otra aplicación, respondes un mensaje, miras el correo y vuelves a empezar quince minutos después.
Cinco minutos cada vez no parecen demasiado.
El problema es cuántas veces se repiten.
Pero no todos los agujeros negros caben en un bolsillo.
En el trabajo pueden ser conversaciones con compañeros que se alargan más de lo previsto, reuniones interminables en las que nadie sabe muy bien qué se está decidiendo o la costumbre de dejarlo todo para contestar cada correo en el momento en que llega.
En casa aparecen en forma de vídeos encadenados, noticias consultadas una y otra vez, capítulos que se reproducen solos, compras por internet o pequeños recados a los que permitimos ocupar toda la tarde.
Algunos son evidentes.
Otros se disfrazan de cosas útiles.
Y esos son los que mejor se esconden.
No hay tiempo para todo
Podemos aprender técnicas, utilizar aplicaciones, planificar mejor y ser muy eficientes.
Pero hay una realidad que ninguna herramienta de productividad puede cambiar:
No hay tiempo para todo.
Organizarse no consiste en comprimir treinta horas de actividades dentro de veinticuatro. Tampoco en hacer cada vez más cosas, más rápido y descansando menos.
Consiste en decidir cuáles merecen entrar.
Queremos trabajar, cuidar nuestra salud, disfrutar de la familia, aprender, descansar, atender la casa, mantener nuestras amistades y perseguir nuestros Faros. Además, aparecen obligaciones, problemas e imprevistos que no podemos ignorar.
Todo no cabe. Y aceptar eso no es rendirse. Es dejar de engañarnos.
Cada compromiso que aceptas ocupa un espacio que ya no estará disponible. Cada sí lleva escondido uno o varios noes.
Decir que sí a otra reunión puede significar no terminar un trabajo importante. Aceptar un plan que no te apetece puede quitarte el rato que necesitabas para descansar. Pasar una hora saltando entre aplicaciones puede dejarte sin salir a correr o sin escribir esas dos páginas.
Aunque no lo decidamos conscientemente, el intercambio se produce igualmente.
Priorizar no es encontrar una manera de hacerlo todo.
Es decidir qué harás y qué tendrás que dejar fuera.
Descansar no es perder el tiempo
Conviene aclarar algo antes de que esto se convierta en una persecución obsesiva de cada minuto desperdiciado.
Descansar no es un agujero negro.
Ver una serie, charlar con un compañero, tumbarte en el sofá, jugar, pasear o no hacer absolutamente nada puede ser justo lo que necesitas. No todas las horas del día tienen que acercarte a una meta, producir un resultado o convertirte en una versión mejorada de ti mismo.
También necesitamos disfrutar, desconectar y perder el tiempo porque nos da la gana.
La diferencia está en si lo has elegido.
Si decides pasar la tarde viendo una película y la disfrutas, has utilizado tu tiempo como querías. Si después de cenar quieres ver un capítulo de una serie para relajarte, pero te acuestas a las dos después de ver media temporada, probablemente has caído en un agujero negro que te ha privado de dormir lo necesario.
Un buen descanso te devuelve algo.
Un agujero negro se lleva el tiempo y no deja casi nada a cambio.
Descubre cuáles son los tuyos
Todos tenemos agujeros negros, aunque no sean exactamente los mismos.
Para identificarlos, solo obsérvate y cuéntate la verdad. Durante unos días, simplemente presta atención.
Fíjate en esos momentos en los que miras el reloj y piensas:
—¿Ya es esa hora?
Pregúntate qué estabas haciendo, cuánto tiempo pensabas dedicarle y cuánto ha terminado ocupando. Y, sobre todo, qué has dejado de hacer por el camino.
Quizá descubras que consultas el teléfono muchas más veces de las que creías. Que las conversaciones después de comer se llevan media tarde. Que respondes los correos conforme llegan y nunca consigues concentrarte. O que dedicas más tiempo a buscar cómo hacer algo que a hacerlo.
No se trata de eliminar inmediatamente todo lo que no sea útil.
Primero hay que verlo.
Un agujero negro es especialmente peligroso mientras permanece escondido. Cuando sabes dónde está, ya puedes decidir cuánto tiempo quieres seguir entregándole.
Lo importante necesita tener su sitio
Las citas médicas, las reuniones, los horarios de trabajo y los compromisos con otras personas tienen un día y una hora. En cambio, escribir, hacer deporte, estudiar, leer o avanzar en un proyecto personal se quedan para después.
«Lo haré cuando tenga un rato».
El problema es que ese rato casi nunca llega limpio y perfectamente envuelto.
Te llama tu madre. Los deberes no le salen a tu peque. Hay que planchar el uniforme. Hay que dejar preparadas la comida y la cena. Alguien necesita ayuda con una cosa. Y, cuando quieres darte cuenta, la tarde ha terminado.
Tú no has decidido que planchar fuera más importante que escribir tu libro. Una cosa apareció delante de ti y la otra se quedó esperando en algún rincón de tu cabeza.
Y lo que dejamos para cuando podamos suele terminar convirtiéndose en lo que nunca hacemos.
Por eso, lo importante necesita tener un tiempo reservado.
No tiene que estar necesariamente escrito en una agenda. Hay rutinas que tenemos tan claras que no necesitan recordatorio. Si entrenas todos los martes y jueves por la tarde, esas horas ya tienen dueño aunque no aparezcan anotadas en ninguna parte.
Otras veces sí necesitarás bloquear el espacio: una hora para estudiar, una tarde para la familia o veinte minutos para escribir.
En Focoductividad recomendamos que todo el mundo tenga y utilice una agenda personal. No para llenar cada minuto ni convertir la vida en una sucesión militar de bloques de colores, sino para organizar sus compromisos y proteger el tiempo de aquello que realmente le importa.
Una agenda no debería contener únicamente reuniones, dentistas, entregas y obligaciones. Tus Faros también necesitan encontrar su sitio en ella.
Habrá imprevistos que no puedas ignorar. Si tu hijo se pone enfermo, surge un problema serio en el trabajo o se rompe una tubería, tus planes tendrán que cambiar.
Pero no todo es una emergencia.
A veces habrá que rechazar una reunión innecesaria, dejar un mensaje para más tarde o decir que no a un compromiso que no quieres asumir.
Priorizar no consiste únicamente en decidir qué es importante.
También consiste en defenderlo cuando otras cosas intentan ocupar su lugar.
Porque, si no eres tú quien decide qué hacer con tus horas, la vida lo decidirá por ti.
Y la vida siempre encuentra cosas con las que llenar un hueco.
Recupera un pequeño espacio
No intentes cerrar hoy todos tus agujeros negros. Elige uno.
Puede ser el desplazamiento infinito en el móvil, las notificaciones constantes, revisar el correo cada cinco minutos o cualquier actividad en la que hayas descubierto que se te escapa demasiado tiempo.
Ahora decide qué parte quieres recuperar.
No hace falta que abandones las redes sociales, dejes de hablar con tus compañeros o respondas todos los correos una vez a la semana. Empieza recuperando media hora.
Después, no la dejes vacía.
Asígnasela a algo importante.
Reserva ese tiempo para uno de los Faros o Frentes que identificaste. Decide cuándo lo utilizarás y protégelo igual que protegerías una cita con otra persona.
Porque no hay tiempo para todo.
Pero sí puede haber tiempo para lo importante.
Primero tienes que dejar de esperar a que aparezca.
Después, reservarlo.
Y, finalmente, evitar que cualquier cosa se lo trague.


